Por Jean-Louis Barrault*
«Se que satisfago a aquellos a quienes debo complacer ante todo».
Antígona.
Después de la naturaleza vigorosa de Charles Dullin, después de la amistad exigente, de una exigencia lo Alcestes, de Etienne Decroux, lo que más me sorprendió fue el carácter grandioso de Antonin Artaud.
Había «recibido» a Charles Dullin, a punto de parecérmele. Debía soportar a Artaud, de una manera idéntica, hasta el mimetismo.
Artaud se divertía muchísimo cuando le hacía una imitación de sí mismo y recuerdo que un día, después de una de esas imitaciones, escapó completamente exaltado, aullando por las calles: «¡Me han robado mi personalidad! ¡Me han robado mi personalidad!». No volví a verlo durante tres días. Pero cuando nos encontramos nos reímos francamente.
Porque las exaltaciones más afiebradas de Artaud sabían casi siempre conservar un ángulo de prodigiosa lucidez. Artaud tuvo mucho tiempo para defenderse, una sabia posibilidad de humorismo.
En sus rictus más exacerbados, Artaud sabía conservar junto a los labios, una sonrisa de soslayo, que no engañaba a sus íntimos.
Ataud, insatisfecho sin duda por las alegrías artificiales que procura el teatro, transportó sus propias posibilidades teatrales a la vida. Se hizo teatro. Su vida es exactamente una tragedia.
Tenía una frente extraordinaria que llevaba siempre hacia adelante como para iluminar su camino. De esa frente grandiosa brotaban matas de pelo. Sus ojos azules y penetrantes se hundían en las órbitas como para poder escrutar más lejos. Unos ojos de pájaro de presa – un águila. Su nariz delgada y apretada se estremecía constantemente…
Su boca, como el mismo Artaud por entero, se roía a sí misma. Su columna vertebral era tensa como un arco. Sus brazos flacos, de manos largas, como dos tallos retorcidos y ganchudos, parecían querer arañarse el vientre.
Su voz que nacía en las cavernas más lejanas, se proyectaba hacia la cabeza con una fuerza de tal modo inusitada, que se aplastaba contra los resonadores de la frente. Era a un tiempo sonora y sorda, fuerte y destruida al instante. Tenía una aristocracia fundamental. Artaud era un príncipe.
Sus pensamientos eran luminosos y deslumbradores. Era un personaje de fuego; el hijo mismo de Prometeo.
El Yoga tántrico, el Libro de los muertos egipcios, los Upanishads, los Versos dorados de Pitágoras fueron los libros que me hizo leer. Odiaba los estupefacientes y hablaba pestes sobre ellos. Nunca hubiera querido que los probase.
Era un personaje doble. Uno tenía la lucidez vertiginosa y un humorismo de lo más regocijantes. Tenía conciencia de todo, de una manera permanente y hasta de una manera alarmante. Conciencia de todo lo que sucedía a un tiempo, alrededor de él: a la derecha, a la izquierda, delante, detrás, muy cerca, muy lejos. Captaba el Presente en todas direcciones, con todos sus sentidos. Una percepción de ojos de mosca.
El otro Artaud era un personaje ardiente y chillón. Daba la impresión de que se hubiera montado un motor de avión en un coche de turismo. Sin calmante, Artaud hacía explosión por todas partes. Era regiamente hermoso.
Era un ser absorbente. Evidentemente, yo devoraba: El Teatro y la Peste – el Teatro de la Crueldad – y los diferentes textos que la NRF acababa de agrupar bajo el título: El Teatro y su doble. El teatro y su doble es indiscutiblemente lo más importante que se ha escrito sobre teatro en el siglo XX.
Cinco obras que preconizo hoy sin vacilar a todo joven actor teatral. Cinco obras que se complementan y forman una estrella entre las cinco: La poética, de Aristóteles; Los tres discursos, de Corneille; El prólogo de Cromwell (V. Hugo); El arte del Teatro, de Gordon Craig; El Teatro y su doble, de Artaud.
Hay que leer y releer El teatro y su doble. Artaud estaba todo húmedo de deseos mágicos. Fue el metafísico del teatro.
Lo veía aterrizar a menudo en el Desván con dos o tres rosas en la mano. Pero en el transcurso de nuestras prolongadas conversaciones nocturnas, me daba la misma facilidad, con la misma generosidad, alguno de sus secretos, algunas de sus propias claves.
Las confidencias que le había hecho sobre el SILENCIO PERMANENTE que me obsesionaba y sobre la percepción constante del PRESENTE que hubiera querido captar, lo incitaban favorablemente a revelarme algunos de sus propios descubrimientos.
Artaud era ante todo poeta. Era un escritor maravilloso ya se sabe; pero también era actor. Y es como poeta que había representado siempre.
Había actuado con Dullin en los comienzos del Atelier. Un día, en una pieza que montaba Dullin y en que Artaud debía representar el papel de Emperador Carlomagno, he aquí que en el curso de un ensayo Artaud se adelante hacia el trono, en cuatro patas. Dullin temía a Artaud y desconfiaba de sus reacciones. Sin embargo, esa subida al trono le parecía demasiado… estilizada. Fue pues con muchas precauciones que Dullin trató de disuadir a Artaud de esa interpretación y trató de orientarlo hacia una estilización más verosímil, pero de pronto Artaud se levantó, se irguió y con los brazos enarbolados verticalmente y la expresión imperial, le grita:
¡Ah, si trabaja usted en la Verdad! ¡Entonces!
No por eso se había asomado Artaud con menos sagacidad al problema de la dicción y la importancia del gesto. Pero sólo podía abordar una materia, como alquimista, como mago. Ese espíritu de alquimista encontró ecos en mí.
(*Fragmento del libro Reflexiones sobre el teatro, de Jean-Louis Barrault. Del Giudice Peña Editores. Buenos Aires. 1ª edición. 1953).




