Muchas veces se utiliza el término «oficio teatral» al referirse al riguroso trabajo que ejecutamos los actores, incluso cuando de forma paralela se emplea la denominación de «actor profesional». No es raro escuchar elogios del tipo: «Es un gran actor profesional, que domina a la perfección su oficio». Pero en términos estrictos, ¿cuál es la verdadera diferencia conceptual entre un oficio y una profesión?
Si acudimos al diccionario de la Real Academia Española, encontramos las siguientes definiciones:
- Oficio: Ocupación habitual.
- Profesión: Empleo, facultad u oficio que alguien ejerce y por el que percibe una retribución.
A la luz de estas definiciones, la distinción comienza a aclararse: los actores somos profesionales en la medida en que se nos retribuye el ejercicio de nuestro oficio de forma monetaria; en buen castellano, cuando se nos paga por actuar y logramos vivir de ello de manera regular.
Pero ¿desde cuándo podemos decir que los actores modernos se convirtieron en profesionales? Para encontrar la respuesta, debemos remontarnos casi cinco siglos atrás y hacer un poco de historia.
La Compagnia Fraterna: El primer contrato teatral
Es en la ciudad de Padua, Italia, el 25 de febrero de 1545, donde se sitúa el hito fundador. Aquel día, ocho integrantes de una agrupación de comediantes dirigidos por un hombre llamado Ser Maphio tomaron una decisión sin precedentes. Acostumbrados a actuar de manera informal y a pasar el sombrero al finalizar la representación para recolectar algunas monedas, decidieron constituirse formalmente en empresa ante un notario público, fundando la célebre Compagnia Fraterna.

El personaje tradicional de Pantalone, uno de los arquetipos más rentables de las compañías profesionales de Commedia.
Este acta notarial es el registro escrito más antiguo que existe de actores modernos pensando en su trabajo como un negocio legítimo y organizado. Las cláusulas del contrato establecían que las ganancias del grupo se repartirían entre todos los miembros en partes estrictamente iguales, incluso en caso de enfermedad. El dinero recaudado se guardaba en una caja fuerte o cofre de madera del cual tres integrantes distintos tenían llaves, y solo podía gastarse con el consentimiento unánime de todos.
Asimismo, el acta definía la elección de un director de la compañía (término que en la España del Siglo de Oro equivaldría al autor de comedias), quien se encargaba de coordinar los ensayos, planificar los itinerarios de viaje y negociar los contratos de las presentaciones. Otros acuerdos posteriores especificaban la duración de los empleos, los roles o máscaras que representaría cada actor, la calidad del alojamiento durante las giras, y la provisión de comida y ropa.
Con esta innovación organizativa y capitalista nacía formalmente el show business. Representó un distanciamiento radical de los antiguos modelos de representación en los cuales el teatro era financiado casi exclusivamente por la Iglesia o las cortes feudales, y donde la totalidad de los actores eran meros aficionados.
La era de las grandes compañías y la Commedia dell’Arte
El nacimiento de la compañía profesional allanó el camino para el surgimiento del género teatral más influyente de la época: la Commedia dell’Arte. Entre los años 1560 y 1630, las grandes compañías italianas —como los Gelosi, los Confidenti y los Fideli— recorrieron las cortes de toda Europa popularizando los arquetipos de cuero del Arlequín, Pantalone y el Dottore.

La célebre troupe de comediantes italianos de los Gelosi retratados en una pintura de la escuela francesa (c. 1580).
El elenco de los Gelosi contaba con algunas de las figuras más brillantes de la historia teatral. Entre ellos destacaba Francesco Andreini, quien comenzó su andadura encarnando a los jóvenes enamorados (innamorato) para luego consagrarse interpretando al fanfarrón Capitano. A su lado brilló su esposa, Isabella Andreini, una de las actrices más famosas y respetadas de su tiempo, quien además de especializarse en los roles de enamorada fue una reconocida escritora y poetisa renacentista.

Isabella Andreini, una de las primeras actrices profesionales en alcanzar renombre continental y estatus literario.
Por su parte, la compañía de los Confidenti contaba con la dirección del célebre Flaminio Scala. Es interesante notar que algunas de estas compañías profesionales, especialmente hacia la segunda mitad del siglo XVII (tanto en Italia como en España), eran dirigidas y administradas directamente por mujeres de teatro, como la agrupación de María di Tommaso, quien firmó un contrato comercial de dirección en Nápoles en 1575.
Hacia la declaración del Día del Actor Profesional
Debido al peso histórico de la firma de aquel contrato fundacional en Padua, la Asociación Cultural SAT de Italia propuso ante la UNESCO declarar el 25 de febrero como el Día Internacional de la Commedia dell’Arte. Aunque todavía no ha sido oficializado del todo por el organismo internacional, en numerosos países se celebra de manera independiente desde hace años.
Teniendo en cuenta que aquel documento marca la transición histórica en la que la actuación dejó de ser un pasatiempo informal para constituirse jurídicamente en una profesión organizada y remunerada, sobran los motivos para sugerir que este día también sea adoptado formalmente como el Día del Actor Profesional.
Hoy en día, el perfeccionamiento técnico de este oficio requiere un entrenamiento corporal riguroso y una búsqueda constante de la verdad en escena. Este nivel de exigencia profesional sintoniza directamente con los métodos desarrollados por los grandes teóricos de la actuación en el siglo XX, quienes rescataron el rigor físico y la dedicación sagrada de los antiguos comediantes. Si buscas herramientas prácticas para cultivar con profesionalismo tu oficio actoral, te recomendamos explorar la Guía Esencial de Jerzy Grotowski.
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