La comedia y la tragedia, como todos sabemos, se originan en la Grecia clásica, y de allí provienen también las Musas: divinidades protectoras que inspiraban y regían las diferentes actividades intelectuales y artísticas humanas.
Talía es la musa de la comedia y de la poesía bucólica. Se creía que presidía los banquetes animados por la música y el canto. Tradicionalmente se la representa coronada con hiedra, calzando sencillos borceguíes y sosteniendo una máscara sonriente en una de sus manos.
Melpómene es la musa de la tragedia. Se la representa como una matrona majestuosa y severa que calza el coturno (el calzado de suela alta de corcho que utilizaban los actores trágicos en escena para elevar su estatura). En una de sus manos sostiene un cetro y una corona, y en la otra un puñal. Aparece rodeada de fortalezas, armas y laureles, combinando su porte arrogante con la profunda tristeza de la soledad; por ello se la identifica con una máscara de expresión triste.
Sin embargo, con la consolidación del cristianismo y la consiguiente aparición de los santos patronos protectores de las diversas profesiones, el arte dramático no podía quedar al margen de esta tradición. Las actividades escénicas también encontraron sus santos intercesores y advocaciones marianas específicas ante las dificultades de la vida: en pocas palabras, sus santos patronos.
Como hemos analizado en otros artículos, el teatro está rodeado de supersticiones y temores. Ante los posibles infortunios del escenario, muchos actores buscan amparo en divinidades específicas. A continuación, repasamos a quienes tienen injerencia directa en la protección de quienes hacemos teatro.
San Ginés de Roma: El actor mártir
San Ginés (Ginés de Roma) fue un célebre actor del siglo III que vivió bajo el Imperio Romano. Es considerado el santo mártir de los actores por la Iglesia Católica.
La leyenda cuenta que Ginés, mientras representaba una farsa cómica ante el emperador Diocleciano, ideó parodiar el sacramento del bautismo cristiano con propósitos satíricos, basándose en una ceremonia que había presenciado días antes. Sin embargo, en pleno escenario se produjo un milagro: en el instante de recibir el agua teatral, el actor experimentó una conversión interna genuina al cristianismo.
Con inusitada valentía, rompiendo la representación y dirigiéndose al emperador y a los espectadores paganos, Ginés confesó su fe en los siguientes términos:
«Oídme, Emperador, y todos cuantos estáis aquí, oficiales del ejército, filósofos, senadores y pueblo, lo que voy a decir. Jamás pude ni aun oír el nombre de cristiano; antes me llenaba de horror al escucharlo, y detestaba a mis propios parientes porque profesaban aquella religión. Procuré con vana curiosidad ver los misterios de los cristianos para que, en público, imitándolos, moviese al pueblo a risa; mas al tiempo que yo pedí el Bautismo, dentro de mí mismo sentí un remordimiento de conciencia acerca de mi vida, gastada toda en maldades; tanto, que me provocó a dolerme y a tener pesar por haber sido malo. Al tiempo que quisieron echar el agua sobre mi cabeza y me preguntaron si creía lo que los cristianos creen, levantando los ojos al cielo, vi una mano que bajaba sobre mí, y vi ángeles con rostros de fuego que de un libro recitaban todos los pecados de mi vida. Me dijeron que sería limpio de ellos si recibiese el agua purificadora. Así lo deseé. Luego que cayó sobre mí el agua bautismal, vi la escritura del libro borrada sin que ni quedase señal alguna de letras. Mira, pues, Emperador, y todos vosotros romanos, lo que es justo que haga: pretendí agradar al Emperador de la tierra y hallé gracia con el Emperador del Cielo; procuré causar risa en los hombres y causé alegría en los ángeles. Por tanto, confieso desde hoy a Jesucristo por verdadero Dios y os exhorto a todos que hagáis lo propio para salir de las tinieblas de que yo he salido.»
Aunque en algunos presentes se despertó curiosidad, la declaración fue tomada por el emperador Diocleciano como una grave blasfemia. Ginés fue entregado al prefecto Plauziano para ser sometido a tormentos y finalmente decapitado en el año 286. Tradicionalmente se le representa sosteniendo una máscara teatral y un instrumento de cuerda entre sus manos. Su festividad se conmemora cada 25 de agosto.
Junto a San Ginés, la tradición cristiana reconoce a otros actores santos e intercesores como San Juan Bueno, San Gelésino, San Dióscoro, San Porfirio y San Agapito.
Nuestra Señora de la Novena: La patrona de los cómicos españoles
En el Madrid del Siglo de Oro, los comediantes españoles fundaron su propia protectora bajo la advocación de la Virgen de la Novena. La historia de esta devoción mezcla milagros y solidaridad gremial.
Los historiadores de las calles de Madrid, Peñasco y Cambronero, relatan que en 1624 un grupo de iconoclastas atacó una imagen de la Virgen situada en la esquina de las calles León y Santa María. Los actores de los famosos Corrales de la Cruz y del Príncipe, muy devotos de la imagen, la restauraron y edificaron en 1662 una capilla dedicada a su culto en la iglesia de San Sebastián.
La devoción gremial se consolidó a partir del milagro obrado sobre Catalina Flores, una mujer vinculada al gremio (esposa del buhonero Lázaro Ramírez y, según investigaciones del Museo Nacional del Teatro, criada en casa de los actores Bartolomé Robles y Mariana de Valera). Afectada por una parálisis grave tras un parto difícil, Catalina mendigaba junto al retablo de la Virgen. Decidió ofrecerle una novena de oraciones y, al noveno día (el 15 de julio de 1624), recuperó por completo la movilidad, colgando sus muletas en la hornacina.
El actor cómico y poeta Mariano Fernández inmortalizó este milagro en sus célebres quintillas:
I
Dos siglos ha que, postrada
sufría con fe serena
paralítica, baldada
una actriz muy afamada
bella cual la Magdalena
II
Calle de Santa María
esquina a la del León
entonces un retablo había
que justamente caía
enfrente de su balcón
III
Desde que el alba apuntaba
la enferma, ahogando el dolor
mirando aquel cuadro, oraba
y a la Virgen demandaba
llorando, amparo y favor
IV
Su gloria estaba perdida
la escena eran sus amores
renombrada y aplaudida,
el Teatro era la vida
para Catalina Flores
V
Que del actor, la honra y prez
en el público se fragua
y al faltarle de una vez
muere… como muere el pez
siempre que le falta el agua
VI
Tres años llevo tullida
dijo con fe y honda pena-
Salvadme, Virgen querida,
y os haré toda mi vida
en cada año una novena
VII
Y a una iglesia os llevaré,
donde los dichos profanos
que escucháis evitaré
de mozas de mala fe
de herejes y de villanos
VIII
La santa Virgen oyó
sus votos a no dudar
pues Catalina sanó
las muletas arrojó
y al mes volvió a trabajar
IX
La Virgen le fue propicia
la que el llanto en dicha trueca
y la Flores, con justicia
volvió a ser gala y delicia
del Corral de la Pacheca
X
Luego el retablo adquirió,
congregó a sus compañeros
los cómicos, trabajó
y en pocos años juntó
materiales y dineros
XI
Y en lo mejor de la villa
de Madrid pudo comprar
sitio para una capilla
que con fe pura y sencilla
vio a su vejez terminar
XII
El Arte se ennobleció
Y la imagen santa y buena
que tal maravilla obró
desde entonces se llamó
la Virgen de la Novena
Impresionados por la curación, actores emblemáticos del teatro español como Cristóbal Avendaño, Lorenzo Hurtado de la Cámara y Miguel Álvarez Vallejo fundaron la Cofradía de Nuestra Señora de la Novena en 1634, con estatutos autorizados por el Cardenal-Infante don Fernando de Toledo. Esta hermandad funcionaba como gremio y sociedad de socorros mutuos: gestionaba la enseñanza del oficio, supervisaba los contratos, auxiliaba a los enfermos y viudas del gremio y aseguraba entierros dignos a los actores, quienes solían ser marginados por las leyes eclesiásticas generales.
La devoción hacia la Virgen de la Novena llegó a tal punto que los papas Urbano VIII e Inocencio X le concedieron privilegios especiales. En el siglo XVIII, se descubrieron nóminas de compañías de comedias encabezadas por la propia Virgen de la Novena, a la cual se le asignaba un sueldo ficticio como si fuera la primera actriz de la compañía, destinando esos fondos a la caja de socorro mutuo del gremio.
Guía de Santos Patronos de las Artes
No solo los actores poseen protectores celestiales; las diversas disciplinas del espectáculo cuentan con sus propios intercesores patronales:
- Músicos: Santa Cecilia, San Gregorio Magno, San Job, San David y San Juan Bautista.
- Bufones: San Maturino.
- Juglares: San Pafnucio.
- Bailarines: San Vito.
- Cantantes: Santa Cecilia y San David.
- Humoristas: San Felipe Neri.
- Magos e ilusionistas: San Juan Bosco.
- Luminotécnicos: Nuestra Señora de la Luz.
Nadie del mundo de la escena queda desamparado en su labor diaria; desde el cielo siempre hay una mano propicia extendida para resguardar el misterioso y noble oficio de las tablas.
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