Antes de cada función, ya sea en elencos profesionales de gran trayectoria o en entusiastas grupos de aficionados, se repite un ritual infaltable a telón cerrado: los actores se toman de las manos, formando un círculo como los jugadores deportivos, y se desean éxito exclamando una frase que desconcierta a los ajenos a las tablas: ¡Mucha mierda!
¿Y de dónde nace esta expresión tan peculiar y aparentemente escatológica?
Para comprenderlo debemos remontarnos a mediados del siglo XIX. En aquella época, las clases acomodadas —que eran las principales consumidoras de teatro— se transportaban en coches tirados por mulas o caballos. A las afueras de los recintos teatrales, la acumulación de desechos de estos animales era un indicador directo de la concurrencia. Si la calzada estaba llena de estiércol, significaba que una gran cantidad de carruajes había asistido al espectáculo y, por lo tanto, la obra era un rotundo éxito de taquilla. De ahí que desear «mucha mierda» se convirtiera en el equivalente a augurar un teatro lleno y abundantes ingresos económicos.
Pero el deseo de «mucha mierda» es apenas la punta del iceberg en el fascinante mundo de las supersticiones teatrales. El ser humano es supersticioso por naturaleza; de hecho, la superstición es tan antigua como el hombre y sentó las bases de muchos ritos. Dado que el actor fue en sus orígenes un oficiante ritual (recordemos que el teatro occidental nació de los cultos sagrados y ditirambos dedicados al dios Dionisos en Grecia), el escenario ha estado siempre impregnado de cábalas y misterios.
Rómpete una pierna y el misterio de los fantasmas
Una de las supersticiones más estrictas y universales del teatro prohíbe terminantemente desearle «buena suerte» a un actor antes de salir a escena. Hacerlo se considera el peor de los augurios. Para esquivar la desgracia, el mundo anglosajón popularizó la expresión «Break a leg» (rómpete una pierna).
Existen varias teorías sobre el origen de esta curiosa frase:
- Engañar a los espíritus: Se cree que los teatros vacíos están habitados por fantasmas que buscan hacer travesuras. Al escuchar que se desea algo malo (como romperse una pierna), los espíritus juguetones hacen lo contrario para sabotear el deseo, concediendo así buena suerte real al intérprete.
- El valor del talento: Otra corriente sostiene que necesitar «suerte» para triunfar pone en duda la capacidad y el arduo entrenamiento del actor; por ende, desear suerte es casi un insulto a su talento.
- Las «piernas» del escenario: En la jerga técnica teatral, los telones laterales que ocultan las zonas de bastidores se denominan «piernas» o «patas». Decir «rómpete una pierna» alude a que el espectáculo sea tan magnífico y los aplausos tan efusivos que los telones cedan o se desgasten, o bien que los actores deban doblar la rodilla repetidamente para agradecer las ovaciones del público.
La Luz Fantasma (Ghost Light) y las presencias del escenario
Vinculado estrechamente con el mito de los espíritus, surge el uso de la Luz Fantasma (Ghost Light). Se trata de una bombilla eléctrica solitaria, protegida por una jaula metálica y montada sobre un pie metálico, que se coloca en el centro del escenario cuando el teatro queda completamente desierto.
Esta práctica combina la leyenda con la seguridad práctica:
«Los mitos afirman que los fantasmas de los actores del pasado rondan las salas oscuras y necesitan una luz para actuar y no molestar a los vivos. Sin embargo, su función primordial es la prevención de accidentes graves: evita que los técnicos, tramoyistas o artistas que ingresan al teatro a oscuras tropiecen con la escenografía o caigan al foso de la orquesta.»
En el ámbito hispanohablante, las leyendas de aparecidos abundan. Por ejemplo, en Buenos Aires se dice que cada teatro histórico tiene su fantasma residente. En el célebre Teatro Maipo las presencias tienen nombre y el personal las saluda con respeto antes de iniciar la jornada. En el Teatro Nacional Cervantes los empleados describen pasillos llenos de energías y murmullos del pasado. El caso más notorio ocurre en la sala pequeña del Teatro Broadway, donde artistas, productores y técnicos aseguran la existencia de un fantasma apodado ‘Raúl’, conocido por empujar suavemente a las personas por las escaleras o pasillos traseros.
Una lista de prohibiciones y cábalas cotidianas
El día a día del teatro está plagado de pequeñas reglas implícitas que todo profesional respeta de forma casi instintiva para asegurar el favor de las musas:
- No dejar escobas en escena: Los antiguos trabajadores de limpieza evitaban a toda costa dejar una escoba apoyada sobre el escenario, pues creían que eso ‘barrería’ al público, dejando la sala vacía.
- Silbar en el teatro: Está sumamente prohibido silbar dentro del recinto. En el siglo XIX, los tramoyistas eran antiguos marineros que utilizaban códigos de silbidos para coordinar la bajada y subida de decorados pesados. Si alguien silbaba por diversión, podía confundir a los operarios y provocar que un contrapeso o decorado cayera sobre la cabeza de algún actor.
- Evitar objetos reales de valor: Se prefiere el uso de utilería falsa en lugar de joyas, Biblias o reliquias auténticas. Esto previene robos o pérdidas y evita faltar el respeto a textos sagrados. Además, se cree que las antigüedades reales cargan con la energía psíquica de sus antiguos dueños.
- Plumas de pavo real: Son consideradas un imán para la desgracia debido a que los patrones circulares de sus plumas asemejan el ‘mal de ojo’.
- Flores y claveles: Jamás se deben obsequiar flores a una actriz antes del inicio de la función, sino únicamente al finalizar los aplausos. Asimismo, los claveles están vetados en los camerinos, pues tradicionalmente se les asocia con el despido o el fracaso de una obra en cartelera.
- Espejos en el escenario: Antiguamente se creía que los espejos abrían portales para el diablo y robaban el alma del actor. Técnicamente, además, suelen reflejar las luces de los proyectores directamente hacia los ojos del público. Esta regla, no obstante, fue desafiada con éxito por el musical A Chorus Line, que rompió récords de funciones rodeado de espejos móviles.
El color amarillo y el trágico destino de Molière
Si hay una prohibición célebre en el teatro europeo y latinoamericano, es el veto absoluto al color amarillo en el vestuario y la escenografía, especialmente el día del estreno.
Esta arraigada superstición se remonta al trágico fallecimiento de Jean-Baptiste Poquelin, universalmente conocido como Molière. El 17 de febrero de 1673, durante la representación de su última comedia, El enfermo imaginario, donde Molière interpretaba al protagonista hipocondríaco, el autor sufrió un grave ataque de tos provocado por la tuberculosis que padecía. Se desvaneció en plena escena y falleció pocas horas después en su domicilio.
La leyenda popular extendió la creencia de que Molière vestía una llamativa túnica amarilla el día del colapso, estigmatizando este color para siempre. Curiosamente, investigaciones históricas posteriores demostraron que la vestimenta real de Molière aquel fatídico día era de color amaranto (un tono rojizo). Aun así, el mito persiste con fuerza en los camerinos de todo el mundo.
El primer espectador y la leyenda de «The Black Crook»
Otra de las cábalas más curiosas señala que el primer espectador que cruza las puertas de la sala el día de una función no puede ingresar con una cortesía o pase gratuito; obligatoriamente debe haber pagado su boleto para garantizar la prosperidad económica de la temporada.
Asimismo, existe una leyenda sexista que data del estreno de The Black Crook el 12 de septiembre de 1866 en el Niblo’s Garden de Broadway. Minutos antes de abrir la sala para el estreno de lo que sería el primer musical de la historia, el director William Wheatley notó consternado que la primera persona de la fila era una mujer. Wheatley la retiró bruscamente exclamando que una mujer como primer espectador arruinaría el estreno de la obra.
Pese al exabrupto y las dificultades financieras del elenco de bailarinas francesas y el productor arruinado, la obra se convirtió en un hito sin precedentes, alcanzando 474 funciones y recaudando más de un millón de dólares, una fortuna inmensa para la época, pese a que la función se extendía por cinco horas y media.
El misterio de la Sala Verde (Green Room)
En la arquitectura de casi todos los teatros del mundo existe una sala de descanso y espera para los actores llamada la Sala Verde (Green Room). La superstición indica que si este salón no se pinta de este tono, la producción fracasará.
Los orígenes de este nombre son difusos y cuentan con múltiples teorías:
- Efecto calmante: El color verde ayudaba a relajar la vista de los actores después de estar expuestos al brillo intenso de la iluminación escénica.
- Humedad para el maquillaje: En el teatro isabelino inglés, el maquillaje demoraba en secar. La sala verde era un espacio húmedo que ayudaba a que la pintura no se agrietara antes de salir a escena (cuando el maquillaje estaba todavía ‘verde’).
- Aislamiento acústico: El salón solía revestirse con fieltro verde para silenciar los ruidos y permitir a los actores ensayar sus textos sin ser oídos en el escenario.
- Ubicación exterior: En los antiguos teatros griegos, existían zonas sombreadas con enredaderas detrás de la skene donde los actores descansaban bajo las hojas verdes.
Contra todo peligro de infortunio en las tablas, los elencos cuentan con soluciones ingeniosas: espolvorear azúcar en los camerinos, colocar ramas de ruda en la taquilla, perejil junto a la imagen de San Pancracio (o San Expedito) y procurar que todo el equipo pise el escenario con el pie derecho la noche del estreno. La mayoría de la gente de teatro finge no creer en estas supersticiones populares en el día a día. Muchas de ellas pueden parecer ilógicas, pero las del teatro son todas verdaderas, porque el teatro es, al fin y al cabo, un universo de ficción donde todo se vuelve real.
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